domingo, 4 de octubre de 2026

La niña que fui

Hoy quiero empezar a contar algunas cosas de mi infancia.


No sé si serán recuerdos completos, porque hay momentos que recuerdo yo y otros que me han contado con el paso de los años. Quizá mi memoria haya guardado unas cosas y haya dejado otras en algún rincón.


Cuando nací tuve que pasar un tiempo en una incubadora. Después, siendo muy pequeña, me fui a vivir con mi abuela paterna, Gloria, porque la situación de mis padres no era la adecuada para que yo pudiera estar con ellos.


Y aunque decirlo así puede parecer sencillo, para aquella niña seguramente no lo fue.


Sin embargo, cuando pienso en aquella etapa, hay algo que aparece por encima de todo: mi abuela.


Recuerdo su casa con muchísimo cariño y añoranza. Recuerdo a mis tíos, que también vivían con ella, y muchas pequeñas vivencias que, aunque quizá para otros no significaran demasiado, para mí forman parte de los pocos pedacitos de infancia que conservo con especial cariño.


Hay recuerdos que son míos y otros que me han contado.


Por ejemplo, me han contado que conocí a mis padres cuando tenía unos 7 u 8 años.


Es extraño escribirlo.


Una niña debería conocer a sus padres desde el principio, reconocer sus voces, sus abrazos, saber quiénes son sin necesidad de que nadie se lo explique.


Pero esa fue mi historia.


Y hoy, mirando hacia atrás, intento hacerlo sin juzgar a aquella niña. Ella no tenía ninguna responsabilidad sobre las circunstancias que le tocaron vivir.


Solo era una niña.


Una niña que tuvo que adaptarse a situaciones que no entendía, que encontró en su abuela un hogar y en aquellos momentos compartidos una parte importante de su infancia.


Quizá por eso recuerdo a mi abuela Gloria con tanta ternura.


Porque hay personas que, sin saberlo, se convierten en refugio.


Y cuando una mira hacia atrás después de tantos años, entiende que algunos abrazos, algunas casas y algunas personas fueron mucho más importantes de lo que entonces podía comprender.


Hoy quiero empezar a contar mi historia desde ahí.


Desde aquella niña pequeña que llegó al mundo necesitando cuidados, que creció durante un tiempo lejos de sus padres y que encontró en su abuela un lugar donde sentirse parte de algo.


No quiero contar mi pasado para quedarme atrapada en él.


Quiero contarlo porque aquella niña también forma parte de la mujer que soy hoy.


Y porque, después de todo lo vivido, creo que merece que alguien la mire con cariño y le diga:


No fue culpa tuya.

Tú solo estabas intentando crecer.

sábado, 3 de octubre de 2026

Caerse y volver a levantarse



No sé exactamente en qué momento decidí empezar a escribir. Quizá porque durante mucho tiempo he llevado demasiadas cosas dentro y porque, a veces, ponerlas en palabras es una manera de respirar.


Este blog nace de una necesidad muy sencilla: contar que, aunque la vida puede golpearte muchas veces, también puedes volver a levantarte.


He pasado por momentos muy difíciles. Momentos en los que pensé que ya no podía más, en los que tuve miedo, ansiedad, tristeza y dudas. He tenido que empezar de nuevo más de una vez y aprender a seguir adelante incluso cuando no tenía fuerzas.


Pero también he conseguido cosas que para mí tienen un valor enorme.


He conseguido un hogar para mis hijos. He conseguido seguir trabajando y luchar por tener una cierta estabilidad. He construido una familia muy unida y he visto crecer a mis hijos hasta convertirse en personas con sus propios valores, principios y forma de entender la vida.


Y eso me recuerda algo importante: quizá no siempre he hecho las cosas perfectas, pero he intentado hacerlas lo mejor que he sabido.


A veces todavía dudo de mí misma. Me pregunto si soy suficientemente buena madre, si estoy haciendo las cosas bien o si debería haber podido hacer más.


Entonces miro a mis hijos.


Y veo en qué personas se están convirtiendo.


Y muchas de esas dudas se hacen un poco más pequeñas.


Este blog no pretende mostrar una vida perfecta. Todo lo contrario.


Quiero hablar de las caídas, de los días malos, de la ansiedad, del miedo, de las preocupaciones y de esas noches en las que parece que la cabeza no deja de dar vueltas.


Pero también quiero hablar de las pequeñas victorias.


De levantarte cuando no quieres.


De ir a trabajar aunque estés cansada.


De sacar adelante una casa.


De luchar por tus hijos.


De conseguir algo que durante mucho tiempo parecía imposible.


De volver a empezar.


Porque he aprendido que superar algo no significa que deje de doler. Significa que, aunque duela, sigues caminando.


Y aquí estoy.


Con mis cicatrices, mis miedos, mis dudas, mis ganas de vivir y todas esas pequeñas cosas que he conseguido a pulso.


No sé hasta dónde llegará este blog.


Pero sí sé desde dónde empieza:


desde una mujer que se ha caído muchas veces...


y que, una vez más, ha decidido levantarse.