Hoy quiero empezar a contar algunas cosas de mi infancia.
No sé si serán recuerdos completos, porque hay momentos que recuerdo yo y otros que me han contado con el paso de los años. Quizá mi memoria haya guardado unas cosas y haya dejado otras en algún rincón.
Cuando nací tuve que pasar un tiempo en una incubadora. Después, siendo muy pequeña, me fui a vivir con mi abuela paterna, Gloria, porque la situación de mis padres no era la adecuada para que yo pudiera estar con ellos.
Y aunque decirlo así puede parecer sencillo, para aquella niña seguramente no lo fue.
Sin embargo, cuando pienso en aquella etapa, hay algo que aparece por encima de todo: mi abuela.
Recuerdo su casa con muchísimo cariño y añoranza. Recuerdo a mis tíos, que también vivían con ella, y muchas pequeñas vivencias que, aunque quizá para otros no significaran demasiado, para mí forman parte de los pocos pedacitos de infancia que conservo con especial cariño.
Hay recuerdos que son míos y otros que me han contado.
Por ejemplo, me han contado que conocí a mis padres cuando tenía unos 7 u 8 años.
Es extraño escribirlo.
Una niña debería conocer a sus padres desde el principio, reconocer sus voces, sus abrazos, saber quiénes son sin necesidad de que nadie se lo explique.
Pero esa fue mi historia.
Y hoy, mirando hacia atrás, intento hacerlo sin juzgar a aquella niña. Ella no tenía ninguna responsabilidad sobre las circunstancias que le tocaron vivir.
Solo era una niña.
Una niña que tuvo que adaptarse a situaciones que no entendía, que encontró en su abuela un hogar y en aquellos momentos compartidos una parte importante de su infancia.
Quizá por eso recuerdo a mi abuela Gloria con tanta ternura.
Porque hay personas que, sin saberlo, se convierten en refugio.
Y cuando una mira hacia atrás después de tantos años, entiende que algunos abrazos, algunas casas y algunas personas fueron mucho más importantes de lo que entonces podía comprender.
Hoy quiero empezar a contar mi historia desde ahí.
Desde aquella niña pequeña que llegó al mundo necesitando cuidados, que creció durante un tiempo lejos de sus padres y que encontró en su abuela un lugar donde sentirse parte de algo.
No quiero contar mi pasado para quedarme atrapada en él.
Quiero contarlo porque aquella niña también forma parte de la mujer que soy hoy.
Y porque, después de todo lo vivido, creo que merece que alguien la mire con cariño y le diga:
No fue culpa tuya.
Tú solo estabas intentando crecer.
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