lunes, 12 de octubre de 2026

Mi abuela Gloria: recuerdos, ausencias y preguntas sin respuesta

 


Hay personas que forman parte de nuestra infancia de una manera tan profunda que, aunque pasen los años, siguen viviendo en nosotros.


Cuando pienso en mi infancia, uno de los recuerdos más presentes es el de mi abuela Gloria. Según me han contado, pasé con ella mis primeros siete u ocho años de vida. De aquella etapa no conservo todos los recuerdos, pero sí pequeños detalles que han permanecido conmigo a lo largo del tiempo.


Recuerdo que dormía con ella y que su casa era un lugar agradable para mí. En la cocina había una alacena verde donde guardaba chocolate Pedro Mayo, uno de mis favoritos, tanto entonces como ahora. A veces me lo daba ella y otras lo cogía a escondidas.


También recuerdo haberme probado unos patines y haberme dado un golpe en la frente. Son imágenes sencillas, quizá insignificantes para otras personas, pero que para mí tienen un valor especial porque pertenecen a una época de mi vida que intento reconstruir a través de lo que recuerdo.


Hay costumbres que incluso hoy siguen acompañándome, como comerme el cuscurro del pan y coger la miga. A veces, los detalles más pequeños son los que mejor nos conectan con quienes fuimos.


La separación que nunca llegué a comprender


Mi infancia también está marcada por una historia que me contaron mis familiares, aunque nunca he sabido con certeza cuánto hay de verdad en ella.


Según esa versión, cuando yo tenía unos siete u ocho años, mi abuela estaba intentando conseguir los papeles para poder quedarse conmigo y tener mi custodia. Mientras realizaba esas gestiones, supuestamente me llevaron del colegio.


No recuerdo aquel momento. No sé exactamente qué ocurrió, cómo sucedieron las cosas ni cuáles fueron las circunstancias reales de nuestra separación. Es una historia que me llegó a través de otras personas y que, con el paso de los años, me ha dejado muchas preguntas.


Nunca pude hablarlo con mi abuela Gloria. No tuve la oportunidad de escuchar su versión, de preguntarle qué pasó ni de conocer cómo vivió ella aquellos acontecimientos.


Y esa es una de las partes de mi historia que siguen sin respuesta.


Lo que sí sé es que fui feliz a su lado. Por eso, cuando pienso en que me separaron de ella, siento que perdí algo más que la compañía de mi abuela. Sentí como si una gran parte de mí se muriera.


Quizá entonces era demasiado pequeña para comprender lo que estaba sucediendo. Hoy tampoco tengo todas las respuestas, pero puedo reconocer lo importante que fue para mí aquella etapa.


Una despedida que nunca imaginé


Hace casi dieciocho años, mi abuela Gloria falleció después de ser atropellada por un coche en un paso de cebra. No murió en el acto; permaneció con vida entre diez y quince días, aproximadamente, antes de fallecer.


Su muerte fue una pérdida que ya no me permitió resolver aquellas dudas. Las preguntas que nunca pude hacerle quedaron suspendidas en el tiempo, sin posibilidad de escuchar su respuesta.


A veces pienso en lo que me habría gustado saber de su propia voz. Me habría gustado conocer su versión de mi infancia, comprender mejor nuestra separación y descubrir cómo recordaba ella aquellos años que compartimos.


Pero la vida no siempre nos permite cerrar todas las historias.


Aprender a convivir con lo que no sé


Hoy intento mirar mi infancia con honestidad. Hay recuerdos que son míos, otros que me han contado y muchos detalles que desconozco. No quiero inventar respuestas ni dar por cierto aquello que no puedo confirmar.


Quiero contar mi historia tal como la conozco, con sus momentos felices, sus ausencias y sus interrogantes.


Mi abuela Gloria forma parte de ella. Está en el recuerdo de aquella cocina verde, en el chocolate que todavía me gusta y en las pequeñas costumbres que me acompañan desde niña.


No sé si algún día llegaré a comprender todo lo que ocurrió. Quizá haya preguntas que nunca pueda responder. Pero escribir sobre ellas me permite acercarme a esa niña que fui y dar espacio a una parte de mi vida que durante mucho tiempo ha permanecido llena de incógnitas.


No puedo volver atrás, ni preguntarle a mi abuela aquello que nunca llegué a preguntarle. Lo que sí puedo hacer es conservar los recuerdos que tengo y darles un lugar en estas páginas.


Porque mi historia no está hecha únicamente de lo que recuerdo con claridad. También está formada por aquello que intento comprender y por las preguntas que todavía me acompañan.


Y entre todas esas piezas, hay una certeza que permanece: fui feliz junto a mi abuela Gloria, y ese recuerdo seguirá formando parte de mí.

sábado, 10 de octubre de 2026

Mi infancia: los recuerdos que aún viven en mí

 


Hay recuerdos que permanecen para siempre, aunque el tiempo borre muchas otras cosas. A veces, una casa pequeña, un sabor o un gesto de cariño son suficientes para volver a encontrarnos con la niña que fuimos.


El comienzo de mi historia


Cuando pienso en mi infancia, me doy cuenta de que hay muchas cosas que no recuerdo. Mi historia comenzó antes de que yo pudiera comprender el mundo que me rodeaba.


Nací prematura y, según me han contado, pasé aproximadamente tres meses en una incubadora. Mis padres no vivían en condiciones adecuadas para tenerme con ellos y, por lo que me contaron, pasé mis primeros siete u ocho años viviendo con mi abuela Gloria y mis tíos.


Hay una parte de mi historia que conozco porque me la han contado y otra que permanece guardada en mi memoria en forma de pequeños recuerdos.


No recuerdo todo lo que sucedió durante aquellos años, pero sí hay imágenes que siguen conmigo. Y quiero empezar por ellas, por las cosas que recuerdo y por las personas que formaron parte de mi infancia.


Mi abuela Gloria, un recuerdo lleno de cariño


Si hay alguien que ocupa un lugar especial en mis primeros recuerdos, esa es mi abuela Gloria.


Mis recuerdos con ella son agradables. Cuando pienso en aquella etapa de mi vida, recuerdo que era muy feliz.


Mi abuela me quería como a la hija que nunca tuvo. Yo era pequeña y no entendía las circunstancias de los adultos ni las razones por las que vivía con ella, pero sí recuerdo los momentos que compartíamos.


A veces, la memoria no conserva grandes acontecimientos. Guarda pequeños detalles, escenas cotidianas que parecen insignificantes para los demás, pero que para nosotros tienen un valor especial.


En mi caso, muchos de esos recuerdos tienen que ver con mi abuela.


Una casa pequeña, pero agradable


Recuerdo la casa de mi abuela. Era pequeña, pero agradable.


Yo dormía con ella. Es una de esas imágenes de mi infancia que todavía conservo, como una pequeña ventana abierta a aquellos primeros años.


No necesito recordar cada rincón de aquella casa para saber que forma parte de mi historia. Hay detalles que se han quedado conmigo y que, cuando vuelven a mi mente, me permiten acercarme un poquito más a la niña que fui.


Uno de esos detalles estaba en la cocina.


La alacena verde y mi chocolate favorito


En la cocina había una alacena de color verde. Allí mi abuela guardaba chocolate Pedro Mayo, que me encantaba.


Todavía hoy me sigue gustando.


Puede parecer una tontería recordar una alacena o una marca de chocolate tantos años después, pero para mí son recuerdos especiales. Son pequeñas cosas que permanecen en nuestra memoria sin que sepamos muy bien por qué.


Quizá porque forman parte de una etapa de nuestra vida en la que éramos felices sin necesidad de grandes cosas.


Cuando pienso en aquel chocolate, no recuerdo solamente su sabor. También recuerdo una parte de mi infancia, la casa de mi abuela y aquellos años en los que ella era una persona fundamental para mí.


Hay sabores que nos acompañan toda la vida y que, de alguna manera, nos devuelven a quienes fuimos.


Las patatas fritas y los pequeños momentos felices


También recuerdo las patatas fritas que me hacía mi abuela.


Es uno de los primeros recuerdos que me vienen a la cabeza cuando intento regresar a mi infancia.


No sé explicar por qué precisamente ese detalle ha permanecido en mi memoria, pero ahí está.


A veces pensamos que la felicidad tiene que estar relacionada con grandes momentos, pero cuando miro hacia atrás encuentro recuerdos sencillos: unas patatas fritas hechas por mi abuela, dormir a su lado o encontrar mi chocolate favorito en aquella alacena verde.


Mis recuerdos con ella son agradables. Y, aunque no pueda reconstruir todos los días de aquella época, sí puedo decir algo que para mí es importante: fui feliz con mi abuela Gloria.


Un golpe con los patines


Entre mis recuerdos también hay una pequeña anécdota.


Recuerdo que me probé unos patines y me di un golpe en la frente. Mi abuela me puso hielo.


Es una escena sencilla, de esas que quizá otra persona olvidaría con el paso de los años, pero que yo todavía conservo.


Hoy, al recordarla, pienso en aquella niña que se probaba unos patines y terminó haciéndose daño. Y recuerdo también a mi abuela poniéndome hielo en la frente.


Son fragmentos de una infancia que no puedo reconstruir por completo, pero que todavía guarda imágenes muy claras para mí.


Una casa pequeña, una cocina, una alacena verde, chocolate, patatas fritas y mi abuela cuidándome después de un golpe.


Así es como mi memoria me devuelve algunos pedacitos de aquellos años.


Una parte de mi historia que no recuerdo


De mis padres no tengo recuerdos de aquella época.


No recuerdo sus visitas ni momentos compartidos con ellos durante aquellos primeros años. Según me contaron después, no venían a verme.


Yo era pequeña y no puedo saber cómo entendía entonces mi situación, ni qué pensaba o sentía. No quiero inventar sentimientos que no recuerdo ni sacar conclusiones sobre una etapa de mi vida que conozco solo en parte.


Lo que sí sé es que viví con mi abuela Gloria y mis tíos durante mis primeros años, según me han contado, y que los recuerdos que conservo de mi abuela son agradables.


A veces, cuando miramos hacia nuestro pasado, encontramos preguntas para las que no tenemos respuestas. Hay partes de nuestra historia que conocemos por lo que otras personas nos han contado y otras que permanecen en silencio.


Quizá algún día llegue a comprender mejor algunas de esas circunstancias. De momento, quiero contar mi historia tal como la recuerdo y tal como me la han contado, sin añadir nada que no sepa.


La niña que fui


Escribir sobre mi infancia me está ayudando a recuperar pequeños fragmentos de mi vida.


No recuerdo todo. Hay años, escenas y momentos que no puedo reconstruir. Pero sí recuerdo a mi abuela Gloria, su casa pequeña y agradable, la cama en la que dormía con ella, las patatas fritas que me hacía, el chocolate Pedro Mayo que guardaba en la alacena verde y aquel día en que me golpeé la frente con los patines.


Y, sobre todo, recuerdo que era feliz.


Mi infancia también está hecha de esos momentos. No todo son preguntas ni cosas que desconozco. También hay recuerdos agradables, cariño y personas que dejaron una huella en mí.


Hoy quiero acercarme a aquella niña sin exigirle que recuerde lo que ya no está en su memoria. Quiero escuchar lo poco o mucho que todavía conserva y darle un lugar en estas páginas.


Porque antes de ser la mujer que soy hoy, fui aquella niña que dormía con su abuela, que disfrutaba del chocolate y de las patatas fritas, y que guardó para siempre algunos recuerdos de una casa pequeña, pero agradable.


Esa niña también forma parte de mí.


Y su historia merece ser contada.


Continuará…


Estoy aprendiendo que escribir mi vida no significa recordarlo todo. Significa atreverme a mirar hacia atrás, recoger los pedacitos que aún conservo y darles voz.

viernes, 9 de octubre de 2026

Mi abuela Gloria: los primeros años de mi vida

 


Hay historias que empiezan mucho antes de que seamos capaces de recordarlas. Historias que forman parte de nosotros desde el principio y que, con el paso de los años, vamos reconstruyendo a través de nuestros recuerdos y de aquello que nos han contado.


Esta es una parte de la mía. Una parte de mi infancia que lleva un nombre muy especial: Gloria, mi abuela paterna.


Mi historia comenzó antes de que pudiera recordarla


Cuando nací, según me han contado, fui prematura y pasé aproximadamente tres meses en una incubadora.


De aquellos primeros días no tengo recuerdos, pero sé que forman parte de mi historia. También me han contado que mis padres no vivían en unas condiciones adecuadas para que yo estuviera con ellos.


Según me han contado, pasé mis primeros siete u ocho años de vida con mi abuela Gloria.


Siete u ocho años de una infancia que, aunque no recuerdo por completo, sigue muy presente en mi corazón.


Yo era demasiado pequeña para comprender las circunstancias que rodeaban mi vida. No sabía por qué las cosas eran así ni podía entender las decisiones de los adultos. Simplemente vivía, sentía y quería a las personas que formaban parte de mi mundo.


Y mi abuela era una de las personas más importantes de ese mundo.


Yo era la niña de sus ojos


Cuando pienso en mi abuela, hay algo que tengo muy claro: yo era la niña de sus ojos.


Me cuidaba, me consentía y también me reñía cuando tenía que hacerlo. Era cariñosa conmigo, pero sabía poner límites cuando era necesario.


Hoy, cuando miro hacia atrás, siento felicidad al recordar aquellos años. Pero también siento tristeza porque ya no la tengo a mi lado.


Hay pequeños recuerdos que pueden parecer insignificantes para otras personas, pero que para mí son auténticos tesoros.


Recuerdo sus patatas fritas crujientes. Todavía hoy, cuando pienso en ellas, vuelvo de alguna manera a aquellos momentos de mi infancia.


Recuerdo los baños en aquella bañera con asiento y el ir con ella a recoger los huevos al gallinero.


Son imágenes sencillas, escenas cotidianas de una niña que vivía su día a día sin imaginar que, muchos años después, aquellos pequeños detalles tendrían tanto valor.


Porque a veces no son los grandes acontecimientos los que más permanecen en nuestra memoria, sino esas pequeñas cosas que nos hacían felices sin que nos diéramos cuenta.


También recuerdo que acompañaba a mi abuela a predicar, ya que era testigo de Jehová. Íbamos a las reuniones y a las asambleas. Eran parte de nuestra vida y yo me sentía muy, muy bien.


Cuando pienso en aquella etapa, recuerdo una sensación de bienestar que todavía hoy puedo reconocer.


También sé que fui una niña muy querida por mis tíos, por los vecinos y por las personas de la congregación.


Y qué importante es poder mirar hacia atrás y reconocer que hubo personas que te dieron cariño y que formaron parte de tus primeros años.


Tengo pocos recuerdos de cuando íbamos a Salamanca, a casa de su amiga Agripina. Sin embargo, conservo fotografías y, cuando las miro, me vienen imágenes bonitas.


Quizá no pueda recordar cada detalle de aquellos viajes, pero esas fotografías me permiten acercarme un poquito más a una época que ocupa un lugar especial en mi corazón.


La tristeza de separarme de ella


No todos mis recuerdos de infancia son felices.


Hay una parte de mi historia que me resulta dolorosa, porque recuerdo que separarme de mi abuela fue algo muy traumático para mí.


Cada vez que iba a casa de mis padres, enfermaba. Cuando volvía con mi abuela, aquello se me pasaba.


No sé explicar exactamente qué me sucedía ni puedo recordar todas las circunstancias de aquella época. Era pequeña y no entendía por qué me encontraba así.


Lo que sí recuerdo es que con mi abuela me sentía bien.


Según recuerdo, cuando mis padres se dieron cuenta de lo que sucedía, pasé un tiempo sin verla.


Y entonces lloraba todas las noches.


Cuando pienso en aquella niña, me pregunto cuánta tristeza podía sentir sin saber cómo explicarla. Era demasiado pequeña para comprender las circunstancias de los adultos, para entender por qué no podía estar con su abuela o cuánto tiempo tendría que esperar para volver a verla.


Yo solo sabía que la echaba de menos.


No tenía las palabras que tengo hoy. No podía explicar mis sentimientos como lo hago ahora. Simplemente lloraba.


Hoy me gustaría poder acercarme a aquella niña, abrazarla y decirle que no había nada malo en echar tanto de menos a alguien a quien quería profundamente.


Porque los niños también sienten, también sufren y también necesitan que alguien comprenda sus emociones, aunque todavía no sepan expresarlas.


Volver a verla


Recuerdo que, cuando volví a ver a mi abuela después de aquel tiempo, sentí felicidad y alivio.


Esos son los sentimientos que conservo de aquel reencuentro.


Después de haberla echado tanto de menos, volver a estar con ella significaba muchísimo para mí.


No recuerdo todos los detalles de cómo sucedió ni sé explicar exactamente qué pasó por mi cabeza en aquel momento. Pero sí recuerdo lo que sentí.


Felicidad.


Alivio.


La alegría de volver a estar cerca de una persona a la que quería tanto y con la que me sentía tan bien.


A veces pienso en lo importante que tuvo que ser aquello para la niña que fui. Después de tantas noches llorando, volver a ver a mi abuela significaba recuperar algo que había echado muchísimo de menos.


Hoy, al recordarlo, siento ternura por aquella niña.


Me gustaría decirle que sus sentimientos importaban, que tenía derecho a echar de menos a su abuela y que no tenía que entender todas las circunstancias que la rodeaban.


Ella simplemente necesitaba vivir su infancia.


Y yo quiero darle voz ahora.


Hay cosas que solo entendí cuando crecí


Durante muchos años no entendí las razones por las que mi infancia había transcurrido de aquella manera.


Fue al crecer cuando comprendí que mis padres no vivían en unas condiciones adecuadas para que yo estuviera con ellos.


Entonces pude mirar mi historia desde otra perspectiva.


Lo que de pequeña no podía entender empezó a tener sentido cuando conocí las circunstancias que habían rodeado mis primeros años de vida.


No elegí las condiciones en las que nací. Tampoco elegí las circunstancias familiares que determinaron aquella etapa de mi infancia.


Yo era una niña que necesitaba cuidados, protección y cariño.


Y mi historia transcurrió junto a mi abuela Gloria, una persona a la que quise profundamente y que dejó una huella imborrable en mí.


No recuerdo cómo me explicaron que tenía que dejar de vivir con ella para irme con mis padres. No sé si hubo una conversación que olvidé o si las cosas sucedieron de una manera que mi memoria ya no consigue recuperar.


Hay recuerdos que permanecen y otros que se pierden con el tiempo.


Y he aprendido que no tengo que inventarme las respuestas que no tengo.


Puedo contar lo que recuerdo, reconocer lo que me han contado y aceptar que existen partes de mi infancia que quizá nunca consiga reconstruir por completo.


Mi historia no necesita ser perfecta ni tener todas las respuestas para merecer ser contada.


Una parte de mí siempre será aquella niña


Hoy, cuando pienso en mi abuela Gloria, siento felicidad y tristeza al mismo tiempo.


Felicidad por haberla tenido, por haber compartido aquellos años con ella y por conservar tantos recuerdos bonitos.


Tristeza porque ya no puedo tenerla a mi lado, porque no puedo abrazarla ni compartir con ella todo lo que he comprendido con el paso de los años.


Me gustaría poder volver por un instante a aquellos días. No necesitaría que sucediera nada extraordinario. Me bastaría con disfrutar de uno de esos momentos cotidianos que entonces parecían tan normales.


Volver a recordar sus patatas fritas crujientes, el gallinero, los baños, las reuniones y las asambleas.


Volver a sentir esa felicidad que recuerdo cuando estaba con ella.


Pero el tiempo no vuelve atrás.


Lo que sí puedo hacer es conservar mis recuerdos, mirar las fotografías y escribir sobre aquella etapa de mi vida para que no se pierda.


Quizá por eso quiero contar mi historia. Porque necesito dar voz a la niña que fui, comprender mejor de dónde vengo y reconocer todo aquello que forma parte de mí.


Mi infancia tuvo momentos felices y momentos dolorosos. Tuvo recuerdos que puedo contar con una sonrisa y otros que todavía me provocan tristeza.


Y todos forman parte de mi historia.


Pero cuando pienso en Gloria, hay algo que permanece por encima de todo: el amor que recuerdo haber recibido de ella.


Mi abuela ya no está a mi lado, pero sigue ocupando un lugar irremplazable en mi corazón.


Y aunque haya partes de mi infancia que no recuerde, nunca quiero olvidar lo importante que fue para mí.


Abuela Gloria, qué bonito es poder recordarte con una sonrisa, aunque a veces se me escape una lágrima. Gracias por formar parte de mi infancia y por dejarme recuerdos que todavía hoy me hacen sentir cerca de ti.


Ojalá pudieras saber cuánto significan para mí aquellas pequeñas cosas que vivimos juntas.


Porque hay personas que forman parte de nuestra historia para siempre.


Y tú, abuela, siempre formarás parte de la mía.


Yo fui la niña de tus ojos.


Y tú siempre serás una de las partes más bonitas de mi infancia.

domingo, 4 de octubre de 2026

La niña que fui

Hoy quiero empezar a contar algunas cosas de mi infancia.


No sé si serán recuerdos completos, porque hay momentos que recuerdo yo y otros que me han contado con el paso de los años. Quizá mi memoria haya guardado unas cosas y haya dejado otras en algún rincón.


Cuando nací tuve que pasar un tiempo en una incubadora. Después, siendo muy pequeña, me fui a vivir con mi abuela paterna, Gloria, porque la situación de mis padres no era la adecuada para que yo pudiera estar con ellos.


Y aunque decirlo así puede parecer sencillo, para aquella niña seguramente no lo fue.


Sin embargo, cuando pienso en aquella etapa, hay algo que aparece por encima de todo: mi abuela.


Recuerdo su casa con muchísimo cariño y añoranza. Recuerdo a mis tíos, que también vivían con ella, y muchas pequeñas vivencias que, aunque quizá para otros no significaran demasiado, para mí forman parte de los pocos pedacitos de infancia que conservo con especial cariño.


Hay recuerdos que son míos y otros que me han contado.


Por ejemplo, me han contado que conocí a mis padres cuando tenía unos 7 u 8 años.


Es extraño escribirlo.


Una niña debería conocer a sus padres desde el principio, reconocer sus voces, sus abrazos, saber quiénes son sin necesidad de que nadie se lo explique.


Pero esa fue mi historia.


Y hoy, mirando hacia atrás, intento hacerlo sin juzgar a aquella niña. Ella no tenía ninguna responsabilidad sobre las circunstancias que le tocaron vivir.


Solo era una niña.


Una niña que tuvo que adaptarse a situaciones que no entendía, que encontró en su abuela un hogar y en aquellos momentos compartidos una parte importante de su infancia.


Quizá por eso recuerdo a mi abuela Gloria con tanta ternura.


Porque hay personas que, sin saberlo, se convierten en refugio.


Y cuando una mira hacia atrás después de tantos años, entiende que algunos abrazos, algunas casas y algunas personas fueron mucho más importantes de lo que entonces podía comprender.


Hoy quiero empezar a contar mi historia desde ahí.


Desde aquella niña pequeña que llegó al mundo necesitando cuidados, que creció durante un tiempo lejos de sus padres y que encontró en su abuela un lugar donde sentirse parte de algo.


No quiero contar mi pasado para quedarme atrapada en él.


Quiero contarlo porque aquella niña también forma parte de la mujer que soy hoy.


Y porque, después de todo lo vivido, creo que merece que alguien la mire con cariño y le diga:


No fue culpa tuya.

Tú solo estabas intentando crecer.

sábado, 3 de octubre de 2026

Caerse y volver a levantarse



No sé exactamente en qué momento decidí empezar a escribir. Quizá porque durante mucho tiempo he llevado demasiadas cosas dentro y porque, a veces, ponerlas en palabras es una manera de respirar.


Este blog nace de una necesidad muy sencilla: contar que, aunque la vida puede golpearte muchas veces, también puedes volver a levantarte.


He pasado por momentos muy difíciles. Momentos en los que pensé que ya no podía más, en los que tuve miedo, ansiedad, tristeza y dudas. He tenido que empezar de nuevo más de una vez y aprender a seguir adelante incluso cuando no tenía fuerzas.


Pero también he conseguido cosas que para mí tienen un valor enorme.


He conseguido un hogar para mis hijos. He conseguido seguir trabajando y luchar por tener una cierta estabilidad. He construido una familia muy unida y he visto crecer a mis hijos hasta convertirse en personas con sus propios valores, principios y forma de entender la vida.


Y eso me recuerda algo importante: quizá no siempre he hecho las cosas perfectas, pero he intentado hacerlas lo mejor que he sabido.


A veces todavía dudo de mí misma. Me pregunto si soy suficientemente buena madre, si estoy haciendo las cosas bien o si debería haber podido hacer más.


Entonces miro a mis hijos.


Y veo en qué personas se están convirtiendo.


Y muchas de esas dudas se hacen un poco más pequeñas.


Este blog no pretende mostrar una vida perfecta. Todo lo contrario.


Quiero hablar de las caídas, de los días malos, de la ansiedad, del miedo, de las preocupaciones y de esas noches en las que parece que la cabeza no deja de dar vueltas.


Pero también quiero hablar de las pequeñas victorias.


De levantarte cuando no quieres.


De ir a trabajar aunque estés cansada.


De sacar adelante una casa.


De luchar por tus hijos.


De conseguir algo que durante mucho tiempo parecía imposible.


De volver a empezar.


Porque he aprendido que superar algo no significa que deje de doler. Significa que, aunque duela, sigues caminando.


Y aquí estoy.


Con mis cicatrices, mis miedos, mis dudas, mis ganas de vivir y todas esas pequeñas cosas que he conseguido a pulso.


No sé hasta dónde llegará este blog.


Pero sí sé desde dónde empieza:


desde una mujer que se ha caído muchas veces...


y que, una vez más, ha decidido levantarse.