martes, 27 de octubre de 2026

La sala de mi abuela, donde me quedaba dormida en su regazo



Si cierro los ojos y vuelvo a entrar en la sala de mi abuela Gloria, todavía puedo imaginar cada rincón.


De frente estaba aquella televisión antigua, de las de antes, en blanco y negro. No había mandos a distancia como ahora. Si querías cambiar de canal, tenías que levantarte y hacerlo tú misma. Hoy puede parecer una tontería, pero entonces era lo normal. Eran otros tiempos, otra manera de vivir, otra infancia.


También recuerdo un armario con una estantería llena de libros, aquellas enciclopedias tan típicas de las casas de entonces. En otra balda había figuras de porcelana, colocadas con cuidado, como pequeños adornos que formaban parte de la casa y de su historia.


Había un sofá, un sillón y una alfombra.


Pero, si soy sincera, lo que más recuerdo de aquella sala no son los muebles, ni la televisión, ni las figuras de porcelana.


Lo que más recuerdo es el sofá.


Porque allí nos sentábamos mi abuela y yo. Y muchas veces, sin darme cuenta, terminaba quedándome dormida en su regazo.


No sé cuántas veces ocurrió. No sé qué estarían poniendo en aquella televisión en blanco y negro, ni qué hora sería, ni qué estaría pensando mi abuela mientras yo cerraba los ojos.


Lo que sí sé es que yo me dormía allí.


Y me gusta pensar en aquella niña, acurrucada junto a su abuela, ajena al paso del tiempo, sin saber que algún día echaría tanto de menos aquellos momentos.


Quizá ella siguiera viendo la televisión mientras yo descansaba. Quizá me acariciara o simplemente permaneciera allí, dejándome dormir. No quiero inventar recuerdos que no sé si ocurrieron, pero sí puedo recordar lo que significaba para mí estar a su lado.


Era mi abuela. Era su regazo. Era aquel sofá.


Y yo podía cerrar los ojos.


Hay algo profundamente bonito en poder dormirse junto a alguien sin más preocupación que la de descansar. Cuando eres pequeña no piensas en lo que significa ese gesto. No sabes que la vida cambia, que las personas envejecen, que algunas se marchan demasiado pronto y que un día darías cualquier cosa por recuperar un instante que entonces te parecía de lo más normal.


Simplemente te quedas dormida.


Hoy, tantos años después, daría lo que fuera por poder volver a aquella sala durante unos minutos. Sentarme a su lado, apoyar la cabeza en su regazo y escuchar de nuevo el sonido de aquella televisión antigua.


No necesitaría que pasara nada extraordinario.


Ni siquiera necesitaría hablar.


Me bastaría con estar allí.


Porque hay abrazos que no recordamos por cómo fueron, sino por cómo nos hacían sentir. Y hay lugares que permanecen dentro de nosotros porque, durante un tiempo, fueron nuestro pequeño refugio.


La sala de mi abuela Gloria era mucho más que una habitación con un sofá, un sillón, una alfombra y una televisión en blanco y negro.


Era uno de esos rincones de mi infancia donde todavía puedo encontrar a la niña que fui.


La niña que se quedaba dormida en el regazo de su abuela sin imaginar que, muchos años después, ese sencillo recuerdo se convertiría en un tesoro.


Ojalá la vida permitiera volver, aunque solo fuera una vez, a aquellos lugares donde fuimos felices sin saber que lo éramos.


Yo volvería a aquel sofá.


Y me quedaría dormida otra vez en tu regazo, abuela.


Virginia


Caerse y volver a levantarse.

El olor de la casa de mi abuela



Hay recuerdos que no necesitan fotografías para seguir vivos. Se quedan guardados en algún rincón de nuestra memoria y, de repente, un día vuelven. A veces basta con cerrar los ojos para regresar a un lugar que hace muchos años que dejamos atrás.


Cuando pienso en la casa de mi abuela Gloria, lo primero que recuerdo es la puerta de entrada. Era marrón. Parece un detalle insignificante, pero es la primera imagen que aparece cuando intento volver a aquella casa.


Y después estaba el olor.


Aquel olor tan característico de la casa de una abuela. Un olor rico, limpio, familiar, de esos que no sabes explicar con palabras, pero que reconoces inmediatamente. Para mí era un olor a hogar, a tranquilidad, a paz. Era abrir aquella puerta y sentir que entraba en un lugar especial, un lugar que todavía hoy puedo imaginar con una claridad que me emociona.


Nada más entrar había una mesita alta donde estaba el teléfono de la época, y encima, un sitio para colgar las llaves. Detrás de la puerta había un colgador para la ropa y un paragüero.


La casa tenía su propio orden, sus rincones y sus pequeñas cosas. Cada espacio guardaba algo que, sin saberlo entonces, acabaría formando parte de mis recuerdos más queridos.


A la izquierda estaba la sala. A la derecha, una habitación pequeña, con una cama y un armario. Justo enfrente se encontraba el baño, con aquella bañera de asiento en la que tanto me gustaba bañarme.


¡Qué cosas tan sencillas podían hacernos felices cuando éramos pequeños!


A la izquierda había una habitación grande y, enfrente, la cocina. Y si hay un rincón de aquella casa que permanece especialmente vivo en mi memoria, es precisamente ese.


Allí estaba la famosa alacena verde de mi abuela, aquella que guardaba uno de mis pequeños tesoros de la infancia: el chocolate Pedro Mayo. Todavía me hace sonreír pensar en ella y en aquel chocolate que mi abuela escondía.


También recuerdo la fregadera de mármol, donde mi abuela me bañaba cuando yo era pequeña. La cocina de butano y aquel hueco donde guardaban las patatas completaban una cocina que, para mí, tenía algo especial.


Hoy, cuando repaso todos esos detalles, me doy cuenta de que entonces no sabía que estaba viviendo recuerdos que algún día echaría tanto de menos.


Yo solo era una niña que entraba por una puerta marrón, reconocía aquel olor tan rico y familiar y encontraba en aquella casa un mundo hecho de pequeñas cosas.


No sabía que, con el paso de los años, recordaría aquella bañera, aquella fregadera de mármol, la cocina de butano o la alacena verde con tanta ternura.


Tampoco sabía que llegaría un día en el que daría cualquier cosa por volver a abrir aquella puerta y respirar una vez más el olor de la casa de mi abuela.


No para cambiar nada.


No para pedirle nada a la vida.


Simplemente para volver a estar allí, aunque solo fuera un ratito. Para sentir aquella tranquilidad que hoy, tantos años después, sigue viviendo dentro de mí.


Porque a veces no echamos de menos solamente a las personas.


También echamos de menos los lugares donde fuimos felices con ellas.


Y yo, cuando recuerdo aquella casa, no veo paredes ni muebles antiguos. Veo una parte de mi infancia que sigue conmigo, una parte de mí que todavía sabe cómo era entrar por aquella puerta y sentirse en casa.


Hay olores que desaparecen de las habitaciones, pero nunca de la memoria.


Y el olor de la casa de mi abuela Gloria es uno de ellos.


Virginia


Caerse y volver a levantarse.

Gloria, el lugar donde me sentía querida



Hay personas que forman parte de nuestra infancia y que, sin saberlo, dejan una huella que nos acompaña durante toda la vida.


Para mí, una de esas personas fue mi abuela Gloria.


Cuando cierro los ojos e intento regresar a aquellos años, aparecen pequeños recuerdos que me hacen sonreír y, al mismo tiempo, me aprietan el corazón. Porque recordar a alguien a quien has querido tanto es una forma preciosa de volver a tenerla cerca, aunque solo sea por unos instantes.


Recuerdo sus patatas fritas, esos pequeños momentos cotidianos que entonces parecían normales y que hoy tienen un valor incalculable. Recuerdo su casa, su alacena verde y aquel chocolate Pedro Mayo que guardaba. Parece mentira que algo tan pequeño pueda quedarse grabado en la memoria durante tantos años.


También recuerdo dormir con ella, sentirla cerca y compartir momentos que, seguramente, para ella eran sencillos, pero que para aquella niña que yo era significaban muchísimo.


A veces pienso que la infancia está hecha precisamente de eso: de pequeños gestos, de olores, de sabores, de costumbres y de personas que nos hacen sentir que pertenecemos a algún lugar.


Y Gloria era parte de mi mundo.


Hay recuerdos que me enternecen especialmente. Como aquel día en que probé los patines y terminé dándome un golpe en la frente. Ella estuvo allí para ponerme hielo y aliviarme el dolor. Puede parecer una anécdota sin importancia, pero cuando la recuerdo no veo solamente a una niña que se ha hecho daño. Veo a mi abuela cuidándome.


Y quizá por eso estos recuerdos siguen tan vivos dentro de mí.


No sé explicar por qué conservo algunas escenas con tanta claridad y por qué hay otras partes de mi infancia que permanecen borrosas. Hay preguntas que todavía me hago y espacios de mi historia que intento comprender. Pero hoy quiero permitirme recordar sin exigirme respuestas.


Quiero quedarme con aquella niña que se entretenía con las manos de su abuela, que compartía televisión con ella, que dormía a su lado y que encontraba felicidad en cosas que no costaban dinero.


Porque, cuando pienso en Gloria, no pienso únicamente en la mujer que perdí. Pienso también en la niña que fui cuando ella estaba conmigo.


Y eso me emociona.


Han pasado diecisiete años desde que se marchó. Diecisiete años desde aquel accidente que me la arrebató de una manera que nunca habría imaginado. El tiempo ha seguido avanzando, pero hay ausencias que no se miden en años, sino en todo aquello que nos habría gustado seguir compartiendo.


Me habría gustado tenerla más tiempo. Contarle más cosas. Abrazarla una vez más. Poder decirle cuánto significó para mí y cuánto agradezco todo lo que hizo.


Pero la vida no siempre nos permite despedirnos como necesitamos.


Por eso escribo.


Escribo para recuperar recuerdos, para darle un lugar a mi historia y para que las personas que han sido importantes en mi vida no desaparezcan también del relato de quién soy.


Quizá algún día consiga reconstruir más partes de aquella infancia. Quizá aparezcan nuevos recuerdos, nuevas imágenes o nuevas respuestas. Y, si no aparecen, intentaré aceptar que también hay silencios que forman parte de nuestra historia.


Hoy solo quiero decirte algo, abuela:


Gracias por aquellos momentos pequeños que, sin saberlo, se hicieron eternos dentro de mí.


Gracias por formar parte de mi infancia.


Y gracias porque, tantos años después, todavía puedo cerrar los ojos y encontrarme contigo en algún rincón de mi memoria.


Te perdí hace diecisiete años, pero mientras siga recordándote, mientras siga hablando de ti y escribiendo sobre lo que significaste para mí, siempre habrá una parte de mi historia en la que seguirás estando.


Porque hay personas que se van de nuestra vida, pero nunca terminan de marcharse de nuestro corazón.


Virginia


Caerse y volver a levantarse.

domingo, 25 de octubre de 2026

Gloria, abuela mía: 17 años sin ti y todavía te hablo en silencio



Hay personas que se marchan de este mundo, pero que jamás encuentran la manera de marcharse de nuestro corazón.


Han pasado 17 años desde aquel día en el que un coche te arrebató la vida y a mí me arrebató una parte de mi mundo. Diecisiete años desde que tuve que aprender, aunque no quisiera, que hay despedidas para las que nadie nos prepara.


A veces pienso en todo el tiempo que ha pasado y me cuesta creer que lleve tantos años sin poder verte, sin escuchar tu voz, sin compartir contigo esos momentos tan sencillos que, sin saberlo entonces, acabarían convirtiéndose en algunos de mis tesoros más preciados.


Porque cuando somos pequeños no sabemos que estamos construyendo recuerdos. Simplemente vivimos. Queremos, reímos, jugamos y damos por hecho que las personas que amamos siempre estarán ahí.


Ojalá hubiera sabido entonces que aquellos pequeños momentos serían tan importantes para mí. Quizá habría abrazado más fuerte, habría mirado tu cara durante más tiempo y habría guardado cada instante en algún rincón de mi memoria, por miedo a que algún día pudiera olvidarlo.


Pero hay recuerdos que se quedan grabados sin necesidad de pedirles que se queden.


Tus manos, abuela


Recuerdo tus manos. Recuerdo que se te notaban mucho las venas y que a mí me gustaba estirarte suavemente la piel de aquella zona. Era una de esas pequeñas cosas de niña que quizá para ti no tenían ninguna importancia, pero que hoy recuerdo con una ternura inmensa.


Qué curioso es el corazón. A veces no guarda los grandes acontecimientos, sino los detalles más insignificantes para los demás y más extraordinarios para nosotros.


También recuerdo que veíamos juntas la telenovela Cristal y Barrio Sésamo. Y hoy, cuando vuelvo a esos recuerdos, siento una mezcla de dulzura y tristeza difícil de explicar.


Porque puedo recordar aquellos momentos, pero no puedo regresar a ellos.


No puedo volver a sentarme a tu lado siendo aquella niña. No puedo mirarte las manos ni disfrutar de aquellas tardes como si el tiempo no fuera a terminar nunca.


Puedo recordarlo todo lo que la memoria me permita, pero no puedo volver a tocarte.


Y quizá esa sea una de las partes más dolorosas de perder a alguien: descubrir que los recuerdos pueden acercarte muchísimo a una persona, pero nunca pueden devolvértela.


A mi abuela Gloria, allá donde estés


Abuela, no sé si existe algún lugar donde llegan las palabras que no pudimos decir a tiempo. No sé si de alguna manera puedes sentir cuánto te he echado de menos durante todos estos años.


Pero hoy quiero hablarte.


Quiero darte las gracias.


Gracias por lo que hiciste por mí, por lo que me diste, por el cariño que dejaste en mi vida y por haber formado parte de mi historia.


Quizá cuando estabas aquí no imaginabas cuánto significarías para mí tantos años después. Quizá tampoco imaginabas que, diecisiete años más tarde, seguiría escribiéndote palabras que ya no puedes leer con los ojos, pero que yo necesito sacar de mi corazón.


Te he echado de menos en tantos momentos…


En los días en los que habría necesitado volver a ser aquella niña y sentirme protegida. En esos momentos de la vida en los que una quisiera tener cerca a las personas que ya no están, simplemente para poder mirarlas y sentir que, por un instante, todo vuelve a estar bien.


Me duele que te fueras así, que un accidente terminara con tu vida y que no tuviéramos la oportunidad de seguir sumando recuerdos.


Me duele todo lo que el tiempo nos quitó.


Me duele pensar en los abrazos que ya no pudimos darnos, en las conversaciones que nunca llegaron y en todos esos momentos que la vida decidió que no compartiríamos.


Y aunque han pasado diecisiete años, hay ausencias que no se miden en tiempo. Se miden en cuánto darías por tener cinco minutos más con esa persona.


Yo daría muchísimo por volver a verte, abuela.


Por volver a estar a tu lado, aunque solo fuera un ratito. Por volver a sentir esa tranquilidad de tenerte cerca. Por poder decirte todo esto mirándote a los ojos, en lugar de hacerlo frente a unas palabras que intento convertir en abrazo.


La vida siguió, pero tú te quedaste en mí


Con los años he cambiado. He crecido, he vivido momentos preciosos y otros que me han dolido profundamente. He tenido que levantarme muchas veces, incluso cuando sentía que no me quedaban fuerzas.


Y en ese camino he comprendido que las personas que nos quieren dejan algo de ellas dentro de nosotros.


No sé cuánto de lo que soy hoy lleva una parte de ti. No sé si alguna de mis maneras de querer, de cuidar o de sentir viene de aquellos años en los que pude tenerte conmigo.


Pero sí sé que formas parte de mi historia.


Y ahora, cuando miro la fotografía en la que estás con mi hijo, siento que ese recuerdo tiene todavía más valor. Porque en una misma imagen se encuentran dos personas importantes de mi vida, unidas por una historia familiar que el tiempo no puede borrar.


Me habría gustado que pudieras vivir muchos más años. Que hubieras podido ver cómo crecía mi familia, conocer todo lo que la vida todavía tenía preparado y compartir con nosotros muchos más momentos.


No puedo cambiar lo que ocurrió. No puedo recuperar aquellos diecisiete años ni encontrar una explicación que haga que tu pérdida duela menos.


Pero puedo recordarte.


Puedo hablar de ti.


Puedo escribir tu nombre y contar que tuve una abuela llamada Gloria a la que sigo queriendo, aunque ya no pueda abrazarla.


Y mientras pueda hacer todo eso, habrá una parte de ti que seguirá acompañándome.


Hasta que volvamos a encontrarnos


Abuela, hoy no te escribo porque haya dejado de dolerme tu ausencia. Te escribo precisamente porque, después de tantos años, todavía hay amor en ese dolor.


Porque el tiempo me ha enseñado a vivir sin tu presencia, pero no me ha enseñado a dejar de echarte de menos.


Ojalá pudiera regalarte un abrazo de esos que no necesitan palabras. Ojalá pudiera volver a ser aquella niña que se sentaba a tu lado sin saber que algún día desearía con toda su alma regresar a esas tardes.


Si pudiera pedirle algo a la vida, no pediría grandes cosas. Solo un instante más contigo. Una conversación. Una mirada. Una oportunidad para decirte gracias y para que supieras que no te he olvidado.


Gracias, abuela, por haber sido parte de mi vida.


Gracias por los recuerdos que todavía puedo acariciar cuando cierro los ojos.


Y perdóname si alguna vez di por hecho que siempre estarías aquí. Era una niña y no sabía que algunas despedidas llegan sin avisar y dejan un silencio que nos acompaña durante toda la vida.


Han pasado diecisiete años, Gloria.


Diecisiete años sin tus manos, sin tu voz y sin tu presencia.


Pero no diecisiete años sin ti.


Porque sigues aquí, en mis recuerdos, en mi infancia, en las pequeñas cosas que todavía soy capaz de recordar y en el amor que no ha desaparecido.


Te quiero, abuela. Te echo de menos. Y si existe alguna forma de que las palabras lleguen hasta donde estás, ojalá estas puedan encontrarte.


Hasta que la vida, el destino o aquello que no alcanzamos a comprender nos vuelva a reunir, seguiré guardándote en ese lugar al que nadie puede llegar para arrebatarme lo que vivimos.


En mi corazón.


Con todo mi amor, tu nieta. ❤️

viernes, 16 de octubre de 2026

Los pequeños recuerdos que guardo de mi abuela

 Caerse y volver a levantarse




Hay recuerdos de mi infancia que no sé explicar muy bien. No son grandes acontecimientos ni historias extraordinarias. Son pequeños detalles que, por alguna razón, se quedaron conmigo a pesar del paso de los años.


Recuerdo las manos de mi abuela. Se le notaban mucho las venas y a mí me gustaba estirarle suavemente la piel de aquella zona. Era una de esas pequeñas cosas que hacía cuando estaba a su lado. No le hacía daño; simplemente, me entretenía hacerlo. Ahora, cuando pienso en ello, me doy cuenta de que mi memoria ha guardado hasta ese detalle tan pequeño.


También recuerdo las tardes delante de la televisión. Veíamos juntas Cristal, aquella telenovela que tantas personas recuerdan, y también Barrio Sésamo.


Quizá para los demás no sean más que recuerdos cotidianos, pero para mí forman parte de una infancia que intento reconstruir poco a poco.


No recuerdo todo. Hay espacios en blanco, preguntas que siguen sin respuesta y cosas que conozco porque otras personas me las han contado. A veces me pregunto por qué conservo unas imágenes tan concretas y, sin embargo, hay otras etapas de mi vida que apenas puedo recordar.


Pero he aprendido que no todos los recuerdos tienen que ser grandes para ser importantes.


A veces, una mano, una tarde de televisión o una pequeña costumbre son suficientes para abrir una ventana hacia el pasado.


Y hoy, al recordar a mi abuela, vuelvo a encontrarme con aquella niña que fui. Una niña que quizá no entendía muchas cosas de la vida, pero que guardó, sin saberlo, pequeños fragmentos de su historia.


Porque, a veces, volver a levantarse también significa atreverse a mirar atrás y recoger, con cariño, los pedacitos de una misma que quedaron en el camino.

lunes, 12 de octubre de 2026

Mi abuela Gloria: recuerdos, ausencias y preguntas sin respuesta

 


Hay personas que forman parte de nuestra infancia de una manera tan profunda que, aunque pasen los años, siguen viviendo en nosotros.


Cuando pienso en mi infancia, uno de los recuerdos más presentes es el de mi abuela Gloria. Según me han contado, pasé con ella mis primeros siete u ocho años de vida. De aquella etapa no conservo todos los recuerdos, pero sí pequeños detalles que han permanecido conmigo a lo largo del tiempo.


Recuerdo que dormía con ella y que su casa era un lugar agradable para mí. En la cocina había una alacena verde donde guardaba chocolate Pedro Mayo, uno de mis favoritos, tanto entonces como ahora. A veces me lo daba ella y otras lo cogía a escondidas.


También recuerdo haberme probado unos patines y haberme dado un golpe en la frente. Son imágenes sencillas, quizá insignificantes para otras personas, pero que para mí tienen un valor especial porque pertenecen a una época de mi vida que intento reconstruir a través de lo que recuerdo.


Hay costumbres que incluso hoy siguen acompañándome, como comerme el cuscurro del pan y coger la miga. A veces, los detalles más pequeños son los que mejor nos conectan con quienes fuimos.


La separación que nunca llegué a comprender


Mi infancia también está marcada por una historia que me contaron mis familiares, aunque nunca he sabido con certeza cuánto hay de verdad en ella.


Según esa versión, cuando yo tenía unos siete u ocho años, mi abuela estaba intentando conseguir los papeles para poder quedarse conmigo y tener mi custodia. Mientras realizaba esas gestiones, supuestamente me llevaron del colegio.


No recuerdo aquel momento. No sé exactamente qué ocurrió, cómo sucedieron las cosas ni cuáles fueron las circunstancias reales de nuestra separación. Es una historia que me llegó a través de otras personas y que, con el paso de los años, me ha dejado muchas preguntas.


Nunca pude hablarlo con mi abuela Gloria. No tuve la oportunidad de escuchar su versión, de preguntarle qué pasó ni de conocer cómo vivió ella aquellos acontecimientos.


Y esa es una de las partes de mi historia que siguen sin respuesta.


Lo que sí sé es que fui feliz a su lado. Por eso, cuando pienso en que me separaron de ella, siento que perdí algo más que la compañía de mi abuela. Sentí como si una gran parte de mí se muriera.


Quizá entonces era demasiado pequeña para comprender lo que estaba sucediendo. Hoy tampoco tengo todas las respuestas, pero puedo reconocer lo importante que fue para mí aquella etapa.


Una despedida que nunca imaginé


Hace casi dieciocho años, mi abuela Gloria falleció después de ser atropellada por un coche en un paso de cebra. No murió en el acto; permaneció con vida entre diez y quince días, aproximadamente, antes de fallecer.


Su muerte fue una pérdida que ya no me permitió resolver aquellas dudas. Las preguntas que nunca pude hacerle quedaron suspendidas en el tiempo, sin posibilidad de escuchar su respuesta.


A veces pienso en lo que me habría gustado saber de su propia voz. Me habría gustado conocer su versión de mi infancia, comprender mejor nuestra separación y descubrir cómo recordaba ella aquellos años que compartimos.


Pero la vida no siempre nos permite cerrar todas las historias.


Aprender a convivir con lo que no sé


Hoy intento mirar mi infancia con honestidad. Hay recuerdos que son míos, otros que me han contado y muchos detalles que desconozco. No quiero inventar respuestas ni dar por cierto aquello que no puedo confirmar.


Quiero contar mi historia tal como la conozco, con sus momentos felices, sus ausencias y sus interrogantes.


Mi abuela Gloria forma parte de ella. Está en el recuerdo de aquella cocina verde, en el chocolate que todavía me gusta y en las pequeñas costumbres que me acompañan desde niña.


No sé si algún día llegaré a comprender todo lo que ocurrió. Quizá haya preguntas que nunca pueda responder. Pero escribir sobre ellas me permite acercarme a esa niña que fui y dar espacio a una parte de mi vida que durante mucho tiempo ha permanecido llena de incógnitas.


No puedo volver atrás, ni preguntarle a mi abuela aquello que nunca llegué a preguntarle. Lo que sí puedo hacer es conservar los recuerdos que tengo y darles un lugar en estas páginas.


Porque mi historia no está hecha únicamente de lo que recuerdo con claridad. También está formada por aquello que intento comprender y por las preguntas que todavía me acompañan.


Y entre todas esas piezas, hay una certeza que permanece: fui feliz junto a mi abuela Gloria, y ese recuerdo seguirá formando parte de mí.

sábado, 10 de octubre de 2026

Mi infancia: los recuerdos que aún viven en mí

 


Hay recuerdos que permanecen para siempre, aunque el tiempo borre muchas otras cosas. A veces, una casa pequeña, un sabor o un gesto de cariño son suficientes para volver a encontrarnos con la niña que fuimos.


El comienzo de mi historia


Cuando pienso en mi infancia, me doy cuenta de que hay muchas cosas que no recuerdo. Mi historia comenzó antes de que yo pudiera comprender el mundo que me rodeaba.


Nací prematura y, según me han contado, pasé aproximadamente tres meses en una incubadora. Mis padres no vivían en condiciones adecuadas para tenerme con ellos y, por lo que me contaron, pasé mis primeros siete u ocho años viviendo con mi abuela Gloria y mis tíos.


Hay una parte de mi historia que conozco porque me la han contado y otra que permanece guardada en mi memoria en forma de pequeños recuerdos.


No recuerdo todo lo que sucedió durante aquellos años, pero sí hay imágenes que siguen conmigo. Y quiero empezar por ellas, por las cosas que recuerdo y por las personas que formaron parte de mi infancia.


Mi abuela Gloria, un recuerdo lleno de cariño


Si hay alguien que ocupa un lugar especial en mis primeros recuerdos, esa es mi abuela Gloria.


Mis recuerdos con ella son agradables. Cuando pienso en aquella etapa de mi vida, recuerdo que era muy feliz.


Mi abuela me quería como a la hija que nunca tuvo. Yo era pequeña y no entendía las circunstancias de los adultos ni las razones por las que vivía con ella, pero sí recuerdo los momentos que compartíamos.


A veces, la memoria no conserva grandes acontecimientos. Guarda pequeños detalles, escenas cotidianas que parecen insignificantes para los demás, pero que para nosotros tienen un valor especial.


En mi caso, muchos de esos recuerdos tienen que ver con mi abuela.


Una casa pequeña, pero agradable


Recuerdo la casa de mi abuela. Era pequeña, pero agradable.


Yo dormía con ella. Es una de esas imágenes de mi infancia que todavía conservo, como una pequeña ventana abierta a aquellos primeros años.


No necesito recordar cada rincón de aquella casa para saber que forma parte de mi historia. Hay detalles que se han quedado conmigo y que, cuando vuelven a mi mente, me permiten acercarme un poquito más a la niña que fui.


Uno de esos detalles estaba en la cocina.


La alacena verde y mi chocolate favorito


En la cocina había una alacena de color verde. Allí mi abuela guardaba chocolate Pedro Mayo, que me encantaba.


Todavía hoy me sigue gustando.


Puede parecer una tontería recordar una alacena o una marca de chocolate tantos años después, pero para mí son recuerdos especiales. Son pequeñas cosas que permanecen en nuestra memoria sin que sepamos muy bien por qué.


Quizá porque forman parte de una etapa de nuestra vida en la que éramos felices sin necesidad de grandes cosas.


Cuando pienso en aquel chocolate, no recuerdo solamente su sabor. También recuerdo una parte de mi infancia, la casa de mi abuela y aquellos años en los que ella era una persona fundamental para mí.


Hay sabores que nos acompañan toda la vida y que, de alguna manera, nos devuelven a quienes fuimos.


Las patatas fritas y los pequeños momentos felices


También recuerdo las patatas fritas que me hacía mi abuela.


Es uno de los primeros recuerdos que me vienen a la cabeza cuando intento regresar a mi infancia.


No sé explicar por qué precisamente ese detalle ha permanecido en mi memoria, pero ahí está.


A veces pensamos que la felicidad tiene que estar relacionada con grandes momentos, pero cuando miro hacia atrás encuentro recuerdos sencillos: unas patatas fritas hechas por mi abuela, dormir a su lado o encontrar mi chocolate favorito en aquella alacena verde.


Mis recuerdos con ella son agradables. Y, aunque no pueda reconstruir todos los días de aquella época, sí puedo decir algo que para mí es importante: fui feliz con mi abuela Gloria.


Un golpe con los patines


Entre mis recuerdos también hay una pequeña anécdota.


Recuerdo que me probé unos patines y me di un golpe en la frente. Mi abuela me puso hielo.


Es una escena sencilla, de esas que quizá otra persona olvidaría con el paso de los años, pero que yo todavía conservo.


Hoy, al recordarla, pienso en aquella niña que se probaba unos patines y terminó haciéndose daño. Y recuerdo también a mi abuela poniéndome hielo en la frente.


Son fragmentos de una infancia que no puedo reconstruir por completo, pero que todavía guarda imágenes muy claras para mí.


Una casa pequeña, una cocina, una alacena verde, chocolate, patatas fritas y mi abuela cuidándome después de un golpe.


Así es como mi memoria me devuelve algunos pedacitos de aquellos años.


Una parte de mi historia que no recuerdo


De mis padres no tengo recuerdos de aquella época.


No recuerdo sus visitas ni momentos compartidos con ellos durante aquellos primeros años. Según me contaron después, no venían a verme.


Yo era pequeña y no puedo saber cómo entendía entonces mi situación, ni qué pensaba o sentía. No quiero inventar sentimientos que no recuerdo ni sacar conclusiones sobre una etapa de mi vida que conozco solo en parte.


Lo que sí sé es que viví con mi abuela Gloria y mis tíos durante mis primeros años, según me han contado, y que los recuerdos que conservo de mi abuela son agradables.


A veces, cuando miramos hacia nuestro pasado, encontramos preguntas para las que no tenemos respuestas. Hay partes de nuestra historia que conocemos por lo que otras personas nos han contado y otras que permanecen en silencio.


Quizá algún día llegue a comprender mejor algunas de esas circunstancias. De momento, quiero contar mi historia tal como la recuerdo y tal como me la han contado, sin añadir nada que no sepa.


La niña que fui


Escribir sobre mi infancia me está ayudando a recuperar pequeños fragmentos de mi vida.


No recuerdo todo. Hay años, escenas y momentos que no puedo reconstruir. Pero sí recuerdo a mi abuela Gloria, su casa pequeña y agradable, la cama en la que dormía con ella, las patatas fritas que me hacía, el chocolate Pedro Mayo que guardaba en la alacena verde y aquel día en que me golpeé la frente con los patines.


Y, sobre todo, recuerdo que era feliz.


Mi infancia también está hecha de esos momentos. No todo son preguntas ni cosas que desconozco. También hay recuerdos agradables, cariño y personas que dejaron una huella en mí.


Hoy quiero acercarme a aquella niña sin exigirle que recuerde lo que ya no está en su memoria. Quiero escuchar lo poco o mucho que todavía conserva y darle un lugar en estas páginas.


Porque antes de ser la mujer que soy hoy, fui aquella niña que dormía con su abuela, que disfrutaba del chocolate y de las patatas fritas, y que guardó para siempre algunos recuerdos de una casa pequeña, pero agradable.


Esa niña también forma parte de mí.


Y su historia merece ser contada.


Continuará…


Estoy aprendiendo que escribir mi vida no significa recordarlo todo. Significa atreverme a mirar hacia atrás, recoger los pedacitos que aún conservo y darles voz.