Hay historias que empiezan mucho antes de que seamos capaces de recordarlas. Historias que forman parte de nosotros desde el principio y que, con el paso de los años, vamos reconstruyendo a través de nuestros recuerdos y de aquello que nos han contado.
Esta es una parte de la mía. Una parte de mi infancia que lleva un nombre muy especial: Gloria, mi abuela paterna.
Mi historia comenzó antes de que pudiera recordarla
Cuando nací, según me han contado, fui prematura y pasé aproximadamente tres meses en una incubadora.
De aquellos primeros días no tengo recuerdos, pero sé que forman parte de mi historia. También me han contado que mis padres no vivían en unas condiciones adecuadas para que yo estuviera con ellos.
Según me han contado, pasé mis primeros siete u ocho años de vida con mi abuela Gloria.
Siete u ocho años de una infancia que, aunque no recuerdo por completo, sigue muy presente en mi corazón.
Yo era demasiado pequeña para comprender las circunstancias que rodeaban mi vida. No sabía por qué las cosas eran así ni podía entender las decisiones de los adultos. Simplemente vivía, sentía y quería a las personas que formaban parte de mi mundo.
Y mi abuela era una de las personas más importantes de ese mundo.
Yo era la niña de sus ojos
Cuando pienso en mi abuela, hay algo que tengo muy claro: yo era la niña de sus ojos.
Me cuidaba, me consentía y también me reñía cuando tenía que hacerlo. Era cariñosa conmigo, pero sabía poner límites cuando era necesario.
Hoy, cuando miro hacia atrás, siento felicidad al recordar aquellos años. Pero también siento tristeza porque ya no la tengo a mi lado.
Hay pequeños recuerdos que pueden parecer insignificantes para otras personas, pero que para mí son auténticos tesoros.
Recuerdo sus patatas fritas crujientes. Todavía hoy, cuando pienso en ellas, vuelvo de alguna manera a aquellos momentos de mi infancia.
Recuerdo los baños en aquella bañera con asiento y el ir con ella a recoger los huevos al gallinero.
Son imágenes sencillas, escenas cotidianas de una niña que vivía su día a día sin imaginar que, muchos años después, aquellos pequeños detalles tendrían tanto valor.
Porque a veces no son los grandes acontecimientos los que más permanecen en nuestra memoria, sino esas pequeñas cosas que nos hacían felices sin que nos diéramos cuenta.
También recuerdo que acompañaba a mi abuela a predicar, ya que era testigo de Jehová. Íbamos a las reuniones y a las asambleas. Eran parte de nuestra vida y yo me sentía muy, muy bien.
Cuando pienso en aquella etapa, recuerdo una sensación de bienestar que todavía hoy puedo reconocer.
También sé que fui una niña muy querida por mis tíos, por los vecinos y por las personas de la congregación.
Y qué importante es poder mirar hacia atrás y reconocer que hubo personas que te dieron cariño y que formaron parte de tus primeros años.
Tengo pocos recuerdos de cuando íbamos a Salamanca, a casa de su amiga Agripina. Sin embargo, conservo fotografías y, cuando las miro, me vienen imágenes bonitas.
Quizá no pueda recordar cada detalle de aquellos viajes, pero esas fotografías me permiten acercarme un poquito más a una época que ocupa un lugar especial en mi corazón.
La tristeza de separarme de ella
No todos mis recuerdos de infancia son felices.
Hay una parte de mi historia que me resulta dolorosa, porque recuerdo que separarme de mi abuela fue algo muy traumático para mí.
Cada vez que iba a casa de mis padres, enfermaba. Cuando volvía con mi abuela, aquello se me pasaba.
No sé explicar exactamente qué me sucedía ni puedo recordar todas las circunstancias de aquella época. Era pequeña y no entendía por qué me encontraba así.
Lo que sí recuerdo es que con mi abuela me sentía bien.
Según recuerdo, cuando mis padres se dieron cuenta de lo que sucedía, pasé un tiempo sin verla.
Y entonces lloraba todas las noches.
Cuando pienso en aquella niña, me pregunto cuánta tristeza podía sentir sin saber cómo explicarla. Era demasiado pequeña para comprender las circunstancias de los adultos, para entender por qué no podía estar con su abuela o cuánto tiempo tendría que esperar para volver a verla.
Yo solo sabía que la echaba de menos.
No tenía las palabras que tengo hoy. No podía explicar mis sentimientos como lo hago ahora. Simplemente lloraba.
Hoy me gustaría poder acercarme a aquella niña, abrazarla y decirle que no había nada malo en echar tanto de menos a alguien a quien quería profundamente.
Porque los niños también sienten, también sufren y también necesitan que alguien comprenda sus emociones, aunque todavía no sepan expresarlas.
Volver a verla
Recuerdo que, cuando volví a ver a mi abuela después de aquel tiempo, sentí felicidad y alivio.
Esos son los sentimientos que conservo de aquel reencuentro.
Después de haberla echado tanto de menos, volver a estar con ella significaba muchísimo para mí.
No recuerdo todos los detalles de cómo sucedió ni sé explicar exactamente qué pasó por mi cabeza en aquel momento. Pero sí recuerdo lo que sentí.
Felicidad.
Alivio.
La alegría de volver a estar cerca de una persona a la que quería tanto y con la que me sentía tan bien.
A veces pienso en lo importante que tuvo que ser aquello para la niña que fui. Después de tantas noches llorando, volver a ver a mi abuela significaba recuperar algo que había echado muchísimo de menos.
Hoy, al recordarlo, siento ternura por aquella niña.
Me gustaría decirle que sus sentimientos importaban, que tenía derecho a echar de menos a su abuela y que no tenía que entender todas las circunstancias que la rodeaban.
Ella simplemente necesitaba vivir su infancia.
Y yo quiero darle voz ahora.
Hay cosas que solo entendí cuando crecí
Durante muchos años no entendí las razones por las que mi infancia había transcurrido de aquella manera.
Fue al crecer cuando comprendí que mis padres no vivían en unas condiciones adecuadas para que yo estuviera con ellos.
Entonces pude mirar mi historia desde otra perspectiva.
Lo que de pequeña no podía entender empezó a tener sentido cuando conocí las circunstancias que habían rodeado mis primeros años de vida.
No elegí las condiciones en las que nací. Tampoco elegí las circunstancias familiares que determinaron aquella etapa de mi infancia.
Yo era una niña que necesitaba cuidados, protección y cariño.
Y mi historia transcurrió junto a mi abuela Gloria, una persona a la que quise profundamente y que dejó una huella imborrable en mí.
No recuerdo cómo me explicaron que tenía que dejar de vivir con ella para irme con mis padres. No sé si hubo una conversación que olvidé o si las cosas sucedieron de una manera que mi memoria ya no consigue recuperar.
Hay recuerdos que permanecen y otros que se pierden con el tiempo.
Y he aprendido que no tengo que inventarme las respuestas que no tengo.
Puedo contar lo que recuerdo, reconocer lo que me han contado y aceptar que existen partes de mi infancia que quizá nunca consiga reconstruir por completo.
Mi historia no necesita ser perfecta ni tener todas las respuestas para merecer ser contada.
Una parte de mí siempre será aquella niña
Hoy, cuando pienso en mi abuela Gloria, siento felicidad y tristeza al mismo tiempo.
Felicidad por haberla tenido, por haber compartido aquellos años con ella y por conservar tantos recuerdos bonitos.
Tristeza porque ya no puedo tenerla a mi lado, porque no puedo abrazarla ni compartir con ella todo lo que he comprendido con el paso de los años.
Me gustaría poder volver por un instante a aquellos días. No necesitaría que sucediera nada extraordinario. Me bastaría con disfrutar de uno de esos momentos cotidianos que entonces parecían tan normales.
Volver a recordar sus patatas fritas crujientes, el gallinero, los baños, las reuniones y las asambleas.
Volver a sentir esa felicidad que recuerdo cuando estaba con ella.
Pero el tiempo no vuelve atrás.
Lo que sí puedo hacer es conservar mis recuerdos, mirar las fotografías y escribir sobre aquella etapa de mi vida para que no se pierda.
Quizá por eso quiero contar mi historia. Porque necesito dar voz a la niña que fui, comprender mejor de dónde vengo y reconocer todo aquello que forma parte de mí.
Mi infancia tuvo momentos felices y momentos dolorosos. Tuvo recuerdos que puedo contar con una sonrisa y otros que todavía me provocan tristeza.
Y todos forman parte de mi historia.
Pero cuando pienso en Gloria, hay algo que permanece por encima de todo: el amor que recuerdo haber recibido de ella.
Mi abuela ya no está a mi lado, pero sigue ocupando un lugar irremplazable en mi corazón.
Y aunque haya partes de mi infancia que no recuerde, nunca quiero olvidar lo importante que fue para mí.
Abuela Gloria, qué bonito es poder recordarte con una sonrisa, aunque a veces se me escape una lágrima. Gracias por formar parte de mi infancia y por dejarme recuerdos que todavía hoy me hacen sentir cerca de ti.
Ojalá pudieras saber cuánto significan para mí aquellas pequeñas cosas que vivimos juntas.
Porque hay personas que forman parte de nuestra historia para siempre.
Y tú, abuela, siempre formarás parte de la mía.
Yo fui la niña de tus ojos.
Y tú siempre serás una de las partes más bonitas de mi infancia.

