Hay personas que forman parte de nuestra infancia y que, sin saberlo, dejan una huella que nos acompaña durante toda la vida.
Para mí, una de esas personas fue mi abuela Gloria.
Cuando cierro los ojos e intento regresar a aquellos años, aparecen pequeños recuerdos que me hacen sonreír y, al mismo tiempo, me aprietan el corazón. Porque recordar a alguien a quien has querido tanto es una forma preciosa de volver a tenerla cerca, aunque solo sea por unos instantes.
Recuerdo sus patatas fritas, esos pequeños momentos cotidianos que entonces parecían normales y que hoy tienen un valor incalculable. Recuerdo su casa, su alacena verde y aquel chocolate Pedro Mayo que guardaba. Parece mentira que algo tan pequeño pueda quedarse grabado en la memoria durante tantos años.
También recuerdo dormir con ella, sentirla cerca y compartir momentos que, seguramente, para ella eran sencillos, pero que para aquella niña que yo era significaban muchísimo.
A veces pienso que la infancia está hecha precisamente de eso: de pequeños gestos, de olores, de sabores, de costumbres y de personas que nos hacen sentir que pertenecemos a algún lugar.
Y Gloria era parte de mi mundo.
Hay recuerdos que me enternecen especialmente. Como aquel día en que probé los patines y terminé dándome un golpe en la frente. Ella estuvo allí para ponerme hielo y aliviarme el dolor. Puede parecer una anécdota sin importancia, pero cuando la recuerdo no veo solamente a una niña que se ha hecho daño. Veo a mi abuela cuidándome.
Y quizá por eso estos recuerdos siguen tan vivos dentro de mí.
No sé explicar por qué conservo algunas escenas con tanta claridad y por qué hay otras partes de mi infancia que permanecen borrosas. Hay preguntas que todavía me hago y espacios de mi historia que intento comprender. Pero hoy quiero permitirme recordar sin exigirme respuestas.
Quiero quedarme con aquella niña que se entretenía con las manos de su abuela, que compartía televisión con ella, que dormía a su lado y que encontraba felicidad en cosas que no costaban dinero.
Porque, cuando pienso en Gloria, no pienso únicamente en la mujer que perdí. Pienso también en la niña que fui cuando ella estaba conmigo.
Y eso me emociona.
Han pasado diecisiete años desde que se marchó. Diecisiete años desde aquel accidente que me la arrebató de una manera que nunca habría imaginado. El tiempo ha seguido avanzando, pero hay ausencias que no se miden en años, sino en todo aquello que nos habría gustado seguir compartiendo.
Me habría gustado tenerla más tiempo. Contarle más cosas. Abrazarla una vez más. Poder decirle cuánto significó para mí y cuánto agradezco todo lo que hizo.
Pero la vida no siempre nos permite despedirnos como necesitamos.
Por eso escribo.
Escribo para recuperar recuerdos, para darle un lugar a mi historia y para que las personas que han sido importantes en mi vida no desaparezcan también del relato de quién soy.
Quizá algún día consiga reconstruir más partes de aquella infancia. Quizá aparezcan nuevos recuerdos, nuevas imágenes o nuevas respuestas. Y, si no aparecen, intentaré aceptar que también hay silencios que forman parte de nuestra historia.
Hoy solo quiero decirte algo, abuela:
Gracias por aquellos momentos pequeños que, sin saberlo, se hicieron eternos dentro de mí.
Gracias por formar parte de mi infancia.
Y gracias porque, tantos años después, todavía puedo cerrar los ojos y encontrarme contigo en algún rincón de mi memoria.
Te perdí hace diecisiete años, pero mientras siga recordándote, mientras siga hablando de ti y escribiendo sobre lo que significaste para mí, siempre habrá una parte de mi historia en la que seguirás estando.
Porque hay personas que se van de nuestra vida, pero nunca terminan de marcharse de nuestro corazón.
Virginia
Caerse y volver a levantarse.
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