domingo, 25 de octubre de 2026

Gloria, abuela mía: 17 años sin ti y todavía te hablo en silencio



Hay personas que se marchan de este mundo, pero que jamás encuentran la manera de marcharse de nuestro corazón.


Han pasado 17 años desde aquel día en el que un coche te arrebató la vida y a mí me arrebató una parte de mi mundo. Diecisiete años desde que tuve que aprender, aunque no quisiera, que hay despedidas para las que nadie nos prepara.


A veces pienso en todo el tiempo que ha pasado y me cuesta creer que lleve tantos años sin poder verte, sin escuchar tu voz, sin compartir contigo esos momentos tan sencillos que, sin saberlo entonces, acabarían convirtiéndose en algunos de mis tesoros más preciados.


Porque cuando somos pequeños no sabemos que estamos construyendo recuerdos. Simplemente vivimos. Queremos, reímos, jugamos y damos por hecho que las personas que amamos siempre estarán ahí.


Ojalá hubiera sabido entonces que aquellos pequeños momentos serían tan importantes para mí. Quizá habría abrazado más fuerte, habría mirado tu cara durante más tiempo y habría guardado cada instante en algún rincón de mi memoria, por miedo a que algún día pudiera olvidarlo.


Pero hay recuerdos que se quedan grabados sin necesidad de pedirles que se queden.


Tus manos, abuela


Recuerdo tus manos. Recuerdo que se te notaban mucho las venas y que a mí me gustaba estirarte suavemente la piel de aquella zona. Era una de esas pequeñas cosas de niña que quizá para ti no tenían ninguna importancia, pero que hoy recuerdo con una ternura inmensa.


Qué curioso es el corazón. A veces no guarda los grandes acontecimientos, sino los detalles más insignificantes para los demás y más extraordinarios para nosotros.


También recuerdo que veíamos juntas la telenovela Cristal y Barrio Sésamo. Y hoy, cuando vuelvo a esos recuerdos, siento una mezcla de dulzura y tristeza difícil de explicar.


Porque puedo recordar aquellos momentos, pero no puedo regresar a ellos.


No puedo volver a sentarme a tu lado siendo aquella niña. No puedo mirarte las manos ni disfrutar de aquellas tardes como si el tiempo no fuera a terminar nunca.


Puedo recordarlo todo lo que la memoria me permita, pero no puedo volver a tocarte.


Y quizá esa sea una de las partes más dolorosas de perder a alguien: descubrir que los recuerdos pueden acercarte muchísimo a una persona, pero nunca pueden devolvértela.


A mi abuela Gloria, allá donde estés


Abuela, no sé si existe algún lugar donde llegan las palabras que no pudimos decir a tiempo. No sé si de alguna manera puedes sentir cuánto te he echado de menos durante todos estos años.


Pero hoy quiero hablarte.


Quiero darte las gracias.


Gracias por lo que hiciste por mí, por lo que me diste, por el cariño que dejaste en mi vida y por haber formado parte de mi historia.


Quizá cuando estabas aquí no imaginabas cuánto significarías para mí tantos años después. Quizá tampoco imaginabas que, diecisiete años más tarde, seguiría escribiéndote palabras que ya no puedes leer con los ojos, pero que yo necesito sacar de mi corazón.


Te he echado de menos en tantos momentos…


En los días en los que habría necesitado volver a ser aquella niña y sentirme protegida. En esos momentos de la vida en los que una quisiera tener cerca a las personas que ya no están, simplemente para poder mirarlas y sentir que, por un instante, todo vuelve a estar bien.


Me duele que te fueras así, que un accidente terminara con tu vida y que no tuviéramos la oportunidad de seguir sumando recuerdos.


Me duele todo lo que el tiempo nos quitó.


Me duele pensar en los abrazos que ya no pudimos darnos, en las conversaciones que nunca llegaron y en todos esos momentos que la vida decidió que no compartiríamos.


Y aunque han pasado diecisiete años, hay ausencias que no se miden en tiempo. Se miden en cuánto darías por tener cinco minutos más con esa persona.


Yo daría muchísimo por volver a verte, abuela.


Por volver a estar a tu lado, aunque solo fuera un ratito. Por volver a sentir esa tranquilidad de tenerte cerca. Por poder decirte todo esto mirándote a los ojos, en lugar de hacerlo frente a unas palabras que intento convertir en abrazo.


La vida siguió, pero tú te quedaste en mí


Con los años he cambiado. He crecido, he vivido momentos preciosos y otros que me han dolido profundamente. He tenido que levantarme muchas veces, incluso cuando sentía que no me quedaban fuerzas.


Y en ese camino he comprendido que las personas que nos quieren dejan algo de ellas dentro de nosotros.


No sé cuánto de lo que soy hoy lleva una parte de ti. No sé si alguna de mis maneras de querer, de cuidar o de sentir viene de aquellos años en los que pude tenerte conmigo.


Pero sí sé que formas parte de mi historia.


Y ahora, cuando miro la fotografía en la que estás con mi hijo, siento que ese recuerdo tiene todavía más valor. Porque en una misma imagen se encuentran dos personas importantes de mi vida, unidas por una historia familiar que el tiempo no puede borrar.


Me habría gustado que pudieras vivir muchos más años. Que hubieras podido ver cómo crecía mi familia, conocer todo lo que la vida todavía tenía preparado y compartir con nosotros muchos más momentos.


No puedo cambiar lo que ocurrió. No puedo recuperar aquellos diecisiete años ni encontrar una explicación que haga que tu pérdida duela menos.


Pero puedo recordarte.


Puedo hablar de ti.


Puedo escribir tu nombre y contar que tuve una abuela llamada Gloria a la que sigo queriendo, aunque ya no pueda abrazarla.


Y mientras pueda hacer todo eso, habrá una parte de ti que seguirá acompañándome.


Hasta que volvamos a encontrarnos


Abuela, hoy no te escribo porque haya dejado de dolerme tu ausencia. Te escribo precisamente porque, después de tantos años, todavía hay amor en ese dolor.


Porque el tiempo me ha enseñado a vivir sin tu presencia, pero no me ha enseñado a dejar de echarte de menos.


Ojalá pudiera regalarte un abrazo de esos que no necesitan palabras. Ojalá pudiera volver a ser aquella niña que se sentaba a tu lado sin saber que algún día desearía con toda su alma regresar a esas tardes.


Si pudiera pedirle algo a la vida, no pediría grandes cosas. Solo un instante más contigo. Una conversación. Una mirada. Una oportunidad para decirte gracias y para que supieras que no te he olvidado.


Gracias, abuela, por haber sido parte de mi vida.


Gracias por los recuerdos que todavía puedo acariciar cuando cierro los ojos.


Y perdóname si alguna vez di por hecho que siempre estarías aquí. Era una niña y no sabía que algunas despedidas llegan sin avisar y dejan un silencio que nos acompaña durante toda la vida.


Han pasado diecisiete años, Gloria.


Diecisiete años sin tus manos, sin tu voz y sin tu presencia.


Pero no diecisiete años sin ti.


Porque sigues aquí, en mis recuerdos, en mi infancia, en las pequeñas cosas que todavía soy capaz de recordar y en el amor que no ha desaparecido.


Te quiero, abuela. Te echo de menos. Y si existe alguna forma de que las palabras lleguen hasta donde estás, ojalá estas puedan encontrarte.


Hasta que la vida, el destino o aquello que no alcanzamos a comprender nos vuelva a reunir, seguiré guardándote en ese lugar al que nadie puede llegar para arrebatarme lo que vivimos.


En mi corazón.


Con todo mi amor, tu nieta. ❤️

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