Caerse y volver a levantarse
Hay recuerdos de mi infancia que no sé explicar muy bien. No son grandes acontecimientos ni historias extraordinarias. Son pequeños detalles que, por alguna razón, se quedaron conmigo a pesar del paso de los años.
Recuerdo las manos de mi abuela. Se le notaban mucho las venas y a mí me gustaba estirarle suavemente la piel de aquella zona. Era una de esas pequeñas cosas que hacía cuando estaba a su lado. No le hacía daño; simplemente, me entretenía hacerlo. Ahora, cuando pienso en ello, me doy cuenta de que mi memoria ha guardado hasta ese detalle tan pequeño.
También recuerdo las tardes delante de la televisión. Veíamos juntas Cristal, aquella telenovela que tantas personas recuerdan, y también Barrio Sésamo.
Quizá para los demás no sean más que recuerdos cotidianos, pero para mí forman parte de una infancia que intento reconstruir poco a poco.
No recuerdo todo. Hay espacios en blanco, preguntas que siguen sin respuesta y cosas que conozco porque otras personas me las han contado. A veces me pregunto por qué conservo unas imágenes tan concretas y, sin embargo, hay otras etapas de mi vida que apenas puedo recordar.
Pero he aprendido que no todos los recuerdos tienen que ser grandes para ser importantes.
A veces, una mano, una tarde de televisión o una pequeña costumbre son suficientes para abrir una ventana hacia el pasado.
Y hoy, al recordar a mi abuela, vuelvo a encontrarme con aquella niña que fui. Una niña que quizá no entendía muchas cosas de la vida, pero que guardó, sin saberlo, pequeños fragmentos de su historia.
Porque, a veces, volver a levantarse también significa atreverse a mirar atrás y recoger, con cariño, los pedacitos de una misma que quedaron en el camino.
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