Hay recuerdos que permanecen para siempre, aunque el tiempo borre muchas otras cosas. A veces, una casa pequeña, un sabor o un gesto de cariño son suficientes para volver a encontrarnos con la niña que fuimos.
El comienzo de mi historia
Cuando pienso en mi infancia, me doy cuenta de que hay muchas cosas que no recuerdo. Mi historia comenzó antes de que yo pudiera comprender el mundo que me rodeaba.
Nací prematura y, según me han contado, pasé aproximadamente tres meses en una incubadora. Mis padres no vivían en condiciones adecuadas para tenerme con ellos y, por lo que me contaron, pasé mis primeros siete u ocho años viviendo con mi abuela Gloria y mis tíos.
Hay una parte de mi historia que conozco porque me la han contado y otra que permanece guardada en mi memoria en forma de pequeños recuerdos.
No recuerdo todo lo que sucedió durante aquellos años, pero sí hay imágenes que siguen conmigo. Y quiero empezar por ellas, por las cosas que recuerdo y por las personas que formaron parte de mi infancia.
Mi abuela Gloria, un recuerdo lleno de cariño
Si hay alguien que ocupa un lugar especial en mis primeros recuerdos, esa es mi abuela Gloria.
Mis recuerdos con ella son agradables. Cuando pienso en aquella etapa de mi vida, recuerdo que era muy feliz.
Mi abuela me quería como a la hija que nunca tuvo. Yo era pequeña y no entendía las circunstancias de los adultos ni las razones por las que vivía con ella, pero sí recuerdo los momentos que compartíamos.
A veces, la memoria no conserva grandes acontecimientos. Guarda pequeños detalles, escenas cotidianas que parecen insignificantes para los demás, pero que para nosotros tienen un valor especial.
En mi caso, muchos de esos recuerdos tienen que ver con mi abuela.
Una casa pequeña, pero agradable
Recuerdo la casa de mi abuela. Era pequeña, pero agradable.
Yo dormía con ella. Es una de esas imágenes de mi infancia que todavía conservo, como una pequeña ventana abierta a aquellos primeros años.
No necesito recordar cada rincón de aquella casa para saber que forma parte de mi historia. Hay detalles que se han quedado conmigo y que, cuando vuelven a mi mente, me permiten acercarme un poquito más a la niña que fui.
Uno de esos detalles estaba en la cocina.
La alacena verde y mi chocolate favorito
En la cocina había una alacena de color verde. Allí mi abuela guardaba chocolate Pedro Mayo, que me encantaba.
Todavía hoy me sigue gustando.
Puede parecer una tontería recordar una alacena o una marca de chocolate tantos años después, pero para mí son recuerdos especiales. Son pequeñas cosas que permanecen en nuestra memoria sin que sepamos muy bien por qué.
Quizá porque forman parte de una etapa de nuestra vida en la que éramos felices sin necesidad de grandes cosas.
Cuando pienso en aquel chocolate, no recuerdo solamente su sabor. También recuerdo una parte de mi infancia, la casa de mi abuela y aquellos años en los que ella era una persona fundamental para mí.
Hay sabores que nos acompañan toda la vida y que, de alguna manera, nos devuelven a quienes fuimos.
Las patatas fritas y los pequeños momentos felices
También recuerdo las patatas fritas que me hacía mi abuela.
Es uno de los primeros recuerdos que me vienen a la cabeza cuando intento regresar a mi infancia.
No sé explicar por qué precisamente ese detalle ha permanecido en mi memoria, pero ahí está.
A veces pensamos que la felicidad tiene que estar relacionada con grandes momentos, pero cuando miro hacia atrás encuentro recuerdos sencillos: unas patatas fritas hechas por mi abuela, dormir a su lado o encontrar mi chocolate favorito en aquella alacena verde.
Mis recuerdos con ella son agradables. Y, aunque no pueda reconstruir todos los días de aquella época, sí puedo decir algo que para mí es importante: fui feliz con mi abuela Gloria.
Un golpe con los patines
Entre mis recuerdos también hay una pequeña anécdota.
Recuerdo que me probé unos patines y me di un golpe en la frente. Mi abuela me puso hielo.
Es una escena sencilla, de esas que quizá otra persona olvidaría con el paso de los años, pero que yo todavía conservo.
Hoy, al recordarla, pienso en aquella niña que se probaba unos patines y terminó haciéndose daño. Y recuerdo también a mi abuela poniéndome hielo en la frente.
Son fragmentos de una infancia que no puedo reconstruir por completo, pero que todavía guarda imágenes muy claras para mí.
Una casa pequeña, una cocina, una alacena verde, chocolate, patatas fritas y mi abuela cuidándome después de un golpe.
Así es como mi memoria me devuelve algunos pedacitos de aquellos años.
Una parte de mi historia que no recuerdo
De mis padres no tengo recuerdos de aquella época.
No recuerdo sus visitas ni momentos compartidos con ellos durante aquellos primeros años. Según me contaron después, no venían a verme.
Yo era pequeña y no puedo saber cómo entendía entonces mi situación, ni qué pensaba o sentía. No quiero inventar sentimientos que no recuerdo ni sacar conclusiones sobre una etapa de mi vida que conozco solo en parte.
Lo que sí sé es que viví con mi abuela Gloria y mis tíos durante mis primeros años, según me han contado, y que los recuerdos que conservo de mi abuela son agradables.
A veces, cuando miramos hacia nuestro pasado, encontramos preguntas para las que no tenemos respuestas. Hay partes de nuestra historia que conocemos por lo que otras personas nos han contado y otras que permanecen en silencio.
Quizá algún día llegue a comprender mejor algunas de esas circunstancias. De momento, quiero contar mi historia tal como la recuerdo y tal como me la han contado, sin añadir nada que no sepa.
La niña que fui
Escribir sobre mi infancia me está ayudando a recuperar pequeños fragmentos de mi vida.
No recuerdo todo. Hay años, escenas y momentos que no puedo reconstruir. Pero sí recuerdo a mi abuela Gloria, su casa pequeña y agradable, la cama en la que dormía con ella, las patatas fritas que me hacía, el chocolate Pedro Mayo que guardaba en la alacena verde y aquel día en que me golpeé la frente con los patines.
Y, sobre todo, recuerdo que era feliz.
Mi infancia también está hecha de esos momentos. No todo son preguntas ni cosas que desconozco. También hay recuerdos agradables, cariño y personas que dejaron una huella en mí.
Hoy quiero acercarme a aquella niña sin exigirle que recuerde lo que ya no está en su memoria. Quiero escuchar lo poco o mucho que todavía conserva y darle un lugar en estas páginas.
Porque antes de ser la mujer que soy hoy, fui aquella niña que dormía con su abuela, que disfrutaba del chocolate y de las patatas fritas, y que guardó para siempre algunos recuerdos de una casa pequeña, pero agradable.
Esa niña también forma parte de mí.
Y su historia merece ser contada.
Continuará…
Estoy aprendiendo que escribir mi vida no significa recordarlo todo. Significa atreverme a mirar hacia atrás, recoger los pedacitos que aún conservo y darles voz.
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