Hay recuerdos que no necesitan fotografías para seguir vivos. Se quedan guardados en algún rincón de nuestra memoria y, de repente, un día vuelven. A veces basta con cerrar los ojos para regresar a un lugar que hace muchos años que dejamos atrás.
Cuando pienso en la casa de mi abuela Gloria, lo primero que recuerdo es la puerta de entrada. Era marrón. Parece un detalle insignificante, pero es la primera imagen que aparece cuando intento volver a aquella casa.
Y después estaba el olor.
Aquel olor tan característico de la casa de una abuela. Un olor rico, limpio, familiar, de esos que no sabes explicar con palabras, pero que reconoces inmediatamente. Para mí era un olor a hogar, a tranquilidad, a paz. Era abrir aquella puerta y sentir que entraba en un lugar especial, un lugar que todavía hoy puedo imaginar con una claridad que me emociona.
Nada más entrar había una mesita alta donde estaba el teléfono de la época, y encima, un sitio para colgar las llaves. Detrás de la puerta había un colgador para la ropa y un paragüero.
La casa tenía su propio orden, sus rincones y sus pequeñas cosas. Cada espacio guardaba algo que, sin saberlo entonces, acabaría formando parte de mis recuerdos más queridos.
A la izquierda estaba la sala. A la derecha, una habitación pequeña, con una cama y un armario. Justo enfrente se encontraba el baño, con aquella bañera de asiento en la que tanto me gustaba bañarme.
¡Qué cosas tan sencillas podían hacernos felices cuando éramos pequeños!
A la izquierda había una habitación grande y, enfrente, la cocina. Y si hay un rincón de aquella casa que permanece especialmente vivo en mi memoria, es precisamente ese.
Allí estaba la famosa alacena verde de mi abuela, aquella que guardaba uno de mis pequeños tesoros de la infancia: el chocolate Pedro Mayo. Todavía me hace sonreír pensar en ella y en aquel chocolate que mi abuela escondía.
También recuerdo la fregadera de mármol, donde mi abuela me bañaba cuando yo era pequeña. La cocina de butano y aquel hueco donde guardaban las patatas completaban una cocina que, para mí, tenía algo especial.
Hoy, cuando repaso todos esos detalles, me doy cuenta de que entonces no sabía que estaba viviendo recuerdos que algún día echaría tanto de menos.
Yo solo era una niña que entraba por una puerta marrón, reconocía aquel olor tan rico y familiar y encontraba en aquella casa un mundo hecho de pequeñas cosas.
No sabía que, con el paso de los años, recordaría aquella bañera, aquella fregadera de mármol, la cocina de butano o la alacena verde con tanta ternura.
Tampoco sabía que llegaría un día en el que daría cualquier cosa por volver a abrir aquella puerta y respirar una vez más el olor de la casa de mi abuela.
No para cambiar nada.
No para pedirle nada a la vida.
Simplemente para volver a estar allí, aunque solo fuera un ratito. Para sentir aquella tranquilidad que hoy, tantos años después, sigue viviendo dentro de mí.
Porque a veces no echamos de menos solamente a las personas.
También echamos de menos los lugares donde fuimos felices con ellas.
Y yo, cuando recuerdo aquella casa, no veo paredes ni muebles antiguos. Veo una parte de mi infancia que sigue conmigo, una parte de mí que todavía sabe cómo era entrar por aquella puerta y sentirse en casa.
Hay olores que desaparecen de las habitaciones, pero nunca de la memoria.
Y el olor de la casa de mi abuela Gloria es uno de ellos.
Virginia
Caerse y volver a levantarse.
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